jueves, 2 de junio de 2011

EL BUEN HIJO

Escuchó los pasos cuando estaba bajando las escaleras. No eran los de él, porque cuando se detuvo, los otros pasos siguieron. Eran rítmicos, en sus espacios en blanco, pero no era posible saber si se trataban de un hombre o una mujer, o de incluso varias personas. Sin embargo, Enrique se inclinaba a creer que se trataba de una mujer.

Se dio vuelta y vio un montón de pies sueltos, sin cuerpos, que se sacudían, impacientes porque él siguiera su camino. Aunque el pánico lo conmovió, fue incapaz de pisarlos y huir. Una de esas extremidades saltarinas le había recordado los severos pies de su madre.

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