jueves, 15 de diciembre de 2011

VARIACIONES SOBRE EL ARTE DE NO DECIR NADA

La resistencia inútil de pensarse en la flor de lo pretencioso. Creer de algún modo que juntar palabras tiene efectos irrevocables. Pero no, no los tiene. Existen efectos de causas demasiado previsibles. Está la posibilidad de hacerlo todo mal y después fingir premeditación.
Porque aunque el tiro se nos no haya escapado accidentalmente, aún así existe la posibilidad de haber cometido el crimen perfecto.

SOMOS YO

Sherlock Holmes golpeó la puerta. Un hombre pequeño y mal vestido lo hizo pasar a él y a sus dos acompañantes, Watson y Lestrade. Cuando los tres estuvieron en un viejo salón en desuso, fue Holmes el primero en hablar.
-Usted me invitó –dijo-. Seguramente para exponer su macabro plan.
-Así es –dijo el hombre sin inmutarse-. Están aquí para contemplar cómo cometo un crimen tan perfecto que ni usted podrá resolverlo.
Todos permanecieron en silencio, estudiándose unos a otros. La batalla mental entre aquellos hombres prometía extenderse durante horas. Pero Lestrade, impaciente, sacó su revólver y disparó sobre Holmes y sobre el hombre.
-Alguien tenía que silenciar a esos pedantes –aprobó Watson.
El doctor no lo sabía, pero debajo de las facciones de Lestrade se escondía Holmes, maquillado hábilmente.
Lestrade no lo sabía, pero debajo de la de Watson, también.

COSAS QUE PASAN

Cada vez que había un corte de luz en el Museo de Cera de Madame Olga, la estatua de Casanova desaparecía, ocasionando búsquedas desesperadas, pequeños escándalos, revuelos.
Se la encontraba más tarde, seduciendo fogosamente a unas cuántas velas que los empleados encendían para iluminarse un poco.

BAJAN

Salgo de mi departamento y como el ascensor no funciona, me decido por las escaleras. Sin embargo, estas no parecen terminar nunca y doy vueltas y vueltas sin llegar nunca al piso de abajo.
Horrorizado descubro que cien escalones más abajo descansa un esqueleto polvoriento.