miércoles, 20 de junio de 2012

LA PARANOIA DEL LAGARTO

Se sentía observado en cada movimiento y era porque lo estaban observando y lo sabía. Las aguas del pantano lo atemorizaban. Temía a lo que pudiese encontrar allí o en cualquier otra parte, el mundo era un lugar plagado de apuestas perdidas, de pequeños filos cortantes listos para saborear una presa. La piel dura y escamosa que recubría su cuerpo reptante producía sonidos inaudibles para el oído humano, pero él los oía. Sabía que ese ruido era él arrastrándose. Todo lo convertía en un miedo inmóvil que lo alejaba de una posible realidad a la que temía porque se daba cuenta de que era cierta: los lagartos no razonan. (Alejandro Bentivoglio & Daniel Juárez Dion)

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