sábado, 18 de agosto de 2012

LA NATURALEZA DE MI ENCIERRO


Estoy en una cárcel. Pero no es una cárcel común. No hay barrotes ni cadenas. No hay guardias ni tampoco presos. Solo estoy yo. Las paredes son reales pero metafísicas, insoslayables. Me alimento de una pasta extraña que aparece por momentos, cuando el hambre se empecina en arrugarme. No recuerdo mi crimen. Sí sé que fue algo terrible, una afrenta mayor que ensucia los legajos de mi éter. No, no se sonroje, estimado interlocutor: mi alma también puede llorar. Usted debería saberlo bien. Porque está aquí. Sí, dije que estoy solo. ¿Pero quién soy, yo o usted? Usted  también está aquí. Como parte de mi crimen. Todo crimen necesita una víctima. Usted es mi víctima. Y está en mi cárcel, una que no es común, sin barrotes, cadenas, guardias, presos. Con paredes que llevan la adecuada forma de mi cráneo, donde usted pasará el resto de los días.


Esteban Moscarda & Alejandro Bentivoglio

EN LA GUERRA CONTRA EL SUEÑO III


 Las ovejas ya no sueñan por miedo a que sus circuitos eléctricos queden descompuestos. Los niños de carne-metal programaron sus almas sintéticas para aguantar la falta de paisajes oníricos. La guerra sigue. En algún sector de la galaxia antes conocida como Andrómeda un renombrado general, de apellido Borges, planea su próximo ataque como si fuese una partida de ajedrez. El campo de batalla está atestado de peones en forma de tazas de café gigantes. Los mundos son extraños, plagados de amenazas como tigres y laberintos. El general mueve sus piezas, encegueciéndose en la inutilidad de sus subordinados que se niegan a atacar a los humanos y destruirlos de una buena vez, acabando el mundo para empezarlo otra vez en un eterno retorno.
-¿Es que no puede seguir una simple directiva? –grita el general a su segundo-. ¿Qué excusa tiene usted?
-Yo, robot –responde el interrogado, disculpándose.


Esteban Moscarda & Alejandro Bentivoglio


OLIMPÍADAS DEL INFIERNO


En las olimpiadas del infierno es muy popular el headball, o fútbol con las cabezas de grandes deportistas condenados. Es un apasionante juego en donde mil demonios se enfrentan a mil diablas pateando a troche y moche la cabeza de algún desdichado. Viva está la cabeza, por supuesto. No hay arcos, solo gana quien más dolor le infringe al pobre cráneo. Otro deporte muy interesante es el ajedrez venusino. Que se juega con piezas hechas de extraterrestres pecadores. Básicamente, se podría decir que todo juego infernal consiste en el sufrimiento de algo o alguien. Aunque este no es el verdadero tormento diseñado para las miles de almas en pena. La verdadera tortura radica en la transmisión de estas competencias, los comentarios deportivos, las ceremonias de inauguración y cierre que pueden durar milenos. En fin, estar anclado a un sofá mefistofélico con un control remoto en la mano. Sin baterias.


Esteban moscarda & Alejandro bentivoglio

ESTA SELVA NOS QUIERE COMER


 Clark Gable y Grace Kelly van caminando de la mano por un sendero de plata. A los costados, una pesada y húmeda selva parece querer tomarlos, secuestrarlos, torturarlos de la peor manera posible. Por suerte, el sendero contiene una especie de campo de fuerza que protege a los paseantes. Gable se detiene en un momento. Sus ojos se pierden en la espesura verde pero son rescatados por los encantadores faroles de la Princesa. Todo está bien, se dice. Al menos hasta que aparece la niña con el perro.
-¡Pero qué nena más linda! –dice Grace Kelly-. ¿Cómo te llamás?
-Soy Dorothy. Voy a ver al Mago de Oz. Vive pasando la selva oscura. Eso me dijo Virgilio, el tano pizzero.
 La nena miente. No hay mago ni Dorothy. Ella se llama Lolita y Gable, lo comprende tarde, es débil, muy débil a esos ojos que ya se le insinúan.


Esteban Moscarda & Alejandro Bentivoglio

EN LA GUERRA CONTRA EL SUEÑO II


 En una planicie de arenas rojas y cachos de carne desparramados por doquier, bajo un cielo que se licuaba de tan atacado que estaba por los seres del sueño, la compañía Beta, compuesta por cincuenta varones de distintas razas, armados con bazucas de realidad y dos o tres granadas hiper-vigilias, avanzaba despacito tanteando el terreno. Los dos soles de aquel sistema bailaban una rumba. El sargento Pork fumaba su cigarro.
-¡Que nadie se quede dormido! –gritaba cada tanto. -¡Déjese de estar quieto, cabo Descartes! –aullaba el sargento-. Que así nunca vamos a ganar esta guerra.
-¡Es que me confundo! ¿Sueño, pienso, existo?
-¡Cállese y camine que si no va a terminar como el soldado Berkeley!
Más lejos, venía un hombre que murmuraba cosas incomprensibles, que sonaban como ¿nos sueñan, nos piensan, existimos?
Nadie quería mirar las ovejas de suministros que transportaba el cabo Dick. 


Esteban Moscarda & Alejandro Bentivoglio.

miércoles, 8 de agosto de 2012

BEHIND BLUE EYES


Nos hemos olvidado cómo encajan las cosas, nos hemos olvidado de conocer las respuestas sobre salvaciones y hundimientos. Y ahora los fragmentos unen lo disperso, la fatalidad de la certeza. El ahogo detrás de una llamada a un número equivocado. Sueños que descienden en la conciencia. ¿Cuánto se puede naufragar detrás de unos ojos azules? El amor palpita sintiéndose venganza que envenena. Cuántas culpas llenarán esta casa que le pertenece al dolor y al odio. Sombras hechas de polvo de estrellas. Alguien será llevado por la marea y alguien esperará en costas que no figuran en mapas.
Pero nunca sabremos, nunca nadaremos en estas olas de imperfección hasta conocerlo todo. La pausa de los espejos nunca nos dirá cuánto se puede naufragar detrás de unos ojos azules.

ALGO INALCANZABLE


Me sumo en el sueño.
 Veo un unicornio correr, intento alcanzarlo, quiero montarme en su lomo, sé que si lo consigo lograré la tan ansiada felicidad que me fuera negada en mi niñez y adolescencia. Siempre ocurre lo mismo, el animal escapa, como absorbido por una bruma y yo quedo solo, tragando polvo hecho de nada. Despierto llorando, la enfermedad corroe mi cuerpo, pienso en la belleza del unicornio, en su perturbadora lejanía.
 Otra vez debo rendirme ante la realidad de esta constante derrota. Tengo que conformarme viendo los trofeos de mi habitación. Esas cabezas de elfo que tengo en la pared, las hadas en la jaula. El lugar vacío que guardo para el unicornio domado, su cuerno alzado, su cuerpo feteado, listo para el banquete que imagino a diario.


Carlos Enrique Saldivar & Alejandro Bentivoglio

LA QUE ME MIRA


 La muñeca de mi hija no me despegaba la vista. He pensado muchas veces en juguetes que cobran vida de pronto y hacen daño a sus dueños. De inmediato, me río, qué tontos pueden ser los pensamientos de un hombre imaginativo. Aunque, es curioso meditar en ello, es la primera vez que me quedo a solas con la pepona en casa, Tita está jugando en la casa de su mejor amiga. ¿Qué me ves, lindura? ¿Quieres un beso? Me acerco y acaricio su rostro de plástico. No pasa nada. Con lentitud me aproximo un poco más y le doy un beso. Es estúpido. Lo sé. No va a pasar nada. La dejo en el suelo. Me causa gracia mi imaginación.
 Pero al darme vuelta, la sonrisa se me congela. Mi muñeca inflable, Lucette, la que guardo debajo de mi cama, me mira desde la puerta del cuarto.
 Lo ha visto todo y sus labios redondos fuerzan una O de enojo y celos.


Carlos Enrique Saldivar & Alejandro Bentivoglio

IMPACTO QUE TARDA


Me he lanzado de la azotea del edificio, dentro de poco mi cabeza quedará destrozada contra un suelo de cemento, intento no pensar, pero las imágenes de la traición de Mara: su curvilíneo cuerpo, montado rítmicamente sobre un extraño. La escena de su rostro asustado ante mi presencia, el sonido de su voz pidiendo perdón, parecen eternizarse. ¿Cuándo moriré? ¡Quiero golpear el piso de una vez! ¡Déjame en paz, Mara!
 Pero ella no escucha y gritá perdón, o yo entiendo eso, y en realidad dice: soltame, desgraciado, que nos matamos. No sé.
 Mis manos aferrando sus muñecas no se sueltan ni cuando nos estrellamos en el suelo. El extraño, ese miserable, ha caído también sobre ella, como copulando aún en el fin. Ni siquiera luego de haberlos encañonado para obligarlos a saltar conmigo se han separado, pienso unos segundos luego del impacto. Y cierro, cornudo, mis ojos.

Carlos Enrique Saldivar & Alejandro Bentivoglio

ELLA, ENCANTADORA


Quedé embrujado por su presencia. No era una chica demasiado bonita, pero poseía una figura impresionante. Ya me habían hablado de ella, me dijeron que solía venir a esta discoteca cada noche, que escogía a un galán para llevarlo a su departamento y hacerle el amor toda la madrugada. Yo era el elegido, lo noté al ver su sonrisa. Intenté decir algo, pero ella me hizo un gesto de silencio, me tomó de la mano y me llevó a bailar.El tiempo pareció perder sus propiedades y el espacio también, a medida que nos deslizábamos por el salón. Sin saber cómo, terminamos en su habitación y sí, hicimos el amor el resto de la velada. La mañana nos despidió con un beso. 
Cuando anocheció fui a buscarla a la misma discoteca. Me saludó de lejos porque  estaba con otro. Algunos, que ya habían estado con ella, me dijeron que ni me preocupara por hablarle. Cada noche, su tarifa aumentaba un poco más.


Carlos Enrique Saldivar & Alejandro Bentivoglio

PETITE MORT


Demasiado tiempo llevo sospechando sombras y sé que no queda nada bajo esta piel. Solo la imagen de una forma, la sorpresa de una fragilidad que a veces llamamos cuerpo.
Sueltas tus manos, te deslizás en este espacio húmedo, completando tu contorno mientras construyo figuras, entrelazando lo invisible.
Y cuando no quedan horas, ni momentos revolotea tu sombra sobre lo desnudo, dejando las sospechas, las dudas, haciendo que lo improbable suceda, que la pequeña muerte celebre su ritual.

Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio