domingo, 21 de octubre de 2012

ECOS DE LA LUNA



La luna grita / heridas que duelen/ con el color de una serpiente/ y vos /en el centro/de una geometría distinta. Ivana Szac
 
 
La luna grita heridas que duelen con el color de una serpiente y vos en el centro de una geometría distinta, trazando círculos que culminan y figuras que nos dibujan como forasteros de estos labios que se inclinan sobre las dunas de una noche, de estos dientes que muerden la carne que se abre, floreciendo al deseo de rectas que conectan los planos por los que caemos, víctimas de este delicioso veneno. En este juego de afilados colmillos que nos hacen manada en la distancia de los páramos donde permanecemos juntos creando los nuevos astros.

(Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio)

CUANDO ELLA CAE



Ella intenta escapar/de ese laberinto gris/pero queda atrapada/en los contornos del miedo. Ivana Szac


Ella intenta escapar de ese laberinto gris, pero queda atrapada en los contornos del miedo. Quizás ha cometido algunos errores y sus pies descalzos ya no saben lo que es el rumbo y lo que son las astillas. Cómo saber lo que vive dentro, lo que clama por ser escuchado. ¿Acaso alguna vez la pregunta fue cómo salvarse? Se siente empujada, se siente arrastrada y cierra sus ojos, sabiendo que se desarma como una muñeca que el tiempo ha olvidado en el cuarto donde alguna vez los juegos terminaban para ir dormir.
Desaparece entre paredes donde el sueño es el último deseo.


(Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio)

TAROT



Una mujer, rostro de virgen/ tatuada / en el sótano de los ciegos. Ivana Szac
 

Una mujer, rostro de virgen tatuada en el sótano de los ciegos. Una estampa grabada en la palidez de una mirada. Que sus brazos y piernas encarnen los muros, los barrotes que son rotos, cada letra que brilla en la oscuridad.
Una mujer, estrella que ilumina, en las pupilas muertas de los fantasmas. El respirar de los huesos, la trémula carne. Sola, el alma toma sus chances y sortea el destino.
Ojos blancos, mujer rojo sangre, su aliento es esta vida que a veces se escapa.

(Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio)

DETRÁS DE LAS VENTANAS



El silencio se agota/ detrás de las ventanas/ y tu voz es la inmensidad en el asfalto. Ivana Szac.


El silencio se agota detrás de las ventanas y tu voz es la inmensidad en el asfalto. No estoy aquí para salvarme, ¿qué es lo que ves cuando me estoy hundiendo? Las muñecas lamen su porcelana y los extraños son vacíos que nunca se llenan. Somos lo que empujamos hacia nosotros. Tirando de mí, encuentro los hilos y las cadenas de mi carne, la cercanía del mar que es sal que arde en el interior de nuestros secretos.
Irreverentes solitarios que se encuentran en la noche de este orgullo, irreverentes desconocidos que se buscan en el día de esta estación sin rumbo.

(Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio)

EL DESFILE DEL CUERPO



Me desarmo/ en los hilos del viento/ en la noche murciélago/ en las palpitaciones de las puertas. Ivana Szac
 
Me desarmo en los hilos del viento, en la noche murciélago, en las palpitaciones de las puertas. Me desencuentro entre manos y caricias que son niebla en la memoria, articulando los átomos de cuerpos que danzan como si no existiera nada más.
¿Acaso temo, acaso soy el sueño de una pupila humedecida? Soy testigo, mas nunca víctima. Me construyo piel a piel, renaciendo en otra palabra que vive a través del sonido de tu voz.
Este desfile es solo para los locos que entre sombras desnudas encuentran la verdad que tiembla.

 (Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio)

domingo, 7 de octubre de 2012

CUESTIONES DE HOSPITAL



 Entró María, la enfermera, y sonrió culposa; examinó la mesa, como buscando algo, murmuró algo que ninguno de nosotros logró descifrar, renunció a su pesquisa y salió dejando la puerta abierta. Natalia se puso de pie y la cerró.
 —Se volvió loca cuando supo que el padre era asesino serial —dijo Estela.
 —Simulá —repliqué—. Sacá ventaja de eso.
 Natalia y Estela se encogieron de hombros al mismo tiempo, algo que me causó mucha gracia.
-¿De qué te reís? –me preguntaron.
-De nada –dije-. Se la pasan culpando a papá de todo.
-Vos mejor callate que ella ya se despierta y le duele la muñeca por las esposas –dijo Natalia.
-Tengo la llave, se la robé al policía.
-¿Se van a callar? –dijo Lucette al despertar, hablándole a todas las voces que habitábamos su cabeza-. Dios, después se preguntan por qué quiero matar gente.

(Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio)

OTRA RESURRECCIÓN



 Me informaron de mi suicidio nueve días después de producido, un largo espacio de tiempo, evidentemente, lapso durante el cual estuve muerto. A partir de ese momento, Felicia me empezó a lavar con agua tibia, me afeitó, me hacía orinar y me alimentaba. Pero además varias personas desconocidas entraron en la habitación y se mantuvieron cuchicheando en un rincón.
 —¿Se puede saber quiénes son ustedes? —dije cuando tuve fuerzas suficientes para tomarme del respaldo de la cama para incorporarme.
-Dejalos –me dijo Felicia-. Son almas que encarnaron en vos mientras estuviste muerto. Les dije que ya estás vivo, que no insistan. Pero no entienden nada, son brutos irrecuperables.
-¿Por qué? –pregunté entre curioso y apenado.
-En sus otras vidas fueron comentaristas deportivos, políticos, escritores, ¿qué querés que entiendan de la vida y la muerte?

(Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio)


SIN FILO


 Llevo años temiendo que mi cabeza se desprenda del cuello, ruede barranca abajo y que al detener su marcha al pie de la colina sea usada por unos vagabundos para jugar al fútbol. Se lo dije a mi amigo Mauri y él, que siempre tiene una respuesta para todo, no me defraudó.
 —Te recomiendo que veas al licenciado Stepanislavsky —dijo Mauri sosteniendo en sus manos una copa de coñac—. Él resolvió el problema de Ana Bolena.
Fui de inmediato y pagué los quinientos doblones de oro exigidos. Con naturalidad me explicó que  mi cabeza no existe, por lo cual no puede separarse. Tampoco existen los vagabundos o el fútbol. Ni siquiera la espada que finalizó el cuello de la reina. Todo es ilusión.
Yo, ahora, creo no haber entendido bien, porque luego de trompear de arriba abajo a Stepanislavsky, él insistió en llamar a una concreta policía.

(Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio)

JODIE FOSTER Y LOS ENANOS



 —¿Me estás hablando a mí? ¿Me estás hablando a mí? —dijo el taxista, mirando al espejo.
 —Sí, a vos te hablo —dijo el espejo—. ¿Sabes que sos el más lindo de la ciudad?
 —¿Eras maricón? —preguntó apuntándolo con el arma.
 —No, es un comentario. Pero bien que te gusta saberlo.
 El taxista loco frunció el ceño. Sí, podía ser. Nunca le habían dicho que era el más lindo. Tal vez el más loco, pero lindo no.
 —Esto no queda acá —dijo el taxista.
 —¿Qué hacemos? —dijo el espejo.
 El taxista detuvo el vehículo y se metió en el espejo. Del otro lado había un millón de reflejos enanos y una chica con aspecto de reventada. Seguro que es bióloga o astronauta, pensó.
 —¿Quién manda aquí? —exclamó el taxista.
 —Yo, papito —dijo ella, y el taxista, más que nunca, quiso parecerse a Carl Sagan, no a Robert de Niro.


(Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman)

MAL ASPECTO



Por aquella época, yo tenía un aspecto tan enfermizo que la gente me daba limosna sin necesidad de que extendiera la mano. Me ponían monedas en el bolsillo de la campera, y llegué a estar tan delgado y encorvado que parecía tuberculoso. Lo peor de todo era que después de que expulsaran a los invasores del espacio, me obsesionaba la idea de que esos seres anaranjados regresaran y dieran vueltas por la ciudad como zanahorias podridas.
A menudo me dedicaba a vigilar, pero nada pasaba. Quizás tuviesen razón, quizás los invasores del espacio se hubiesen ido de una buena vez. Pero luego me decía, ¿acaso la aparición de esos fantasmitas de colores no anunciaban algo aún más catastrófico? ¿Acaso no amaneceríamos, desprevenidos bajo un sol oscurecido por un enorme, invasor Pac Man de otro mundo?


(Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio)

HEMBRA



 La casa estaba impregnada del aroma de aquella mujer excitada, siempre a punto de ceder a sus impulsos animales. A mí me parecía que eso iba en contra de las normas y aguardaba con temor que le sucediera algo grave, como entrar en combustión espontánea o descomponerse como un trozo de carne expuesta al sol. Pero no. Ella seguía conectándose con todos esos tipos, ignorando que yo la espiaba.
La veía con la cámara secreta que había instalado para preservarnos a todos sus vecinos. Día tras día, enchufándose cables en el cuerpo, uniendo otros cuerpos en red, haciendo llegar unas cuentas de luz que ni lo puedo contar. Llegando incluso a colgarse de la instalación de la cuadra de al lado en una vorágine de plugins infames.
Dejándome a mí, electricista voyeur, el constante trabajo de revisar los tapones, evitando una pornográfica explosión de sexo y voltios.

(Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio)

MUTACIONES



Cuando la brillante luz del reflector hirió el rostro de Evaristo un sonido gutural le brotó de la garganta. Había cerrado involuntariamente la última puerta, la única que comunicaba con el mundo residual. Giró sobre sí mismo y se dispuso a golpearse la cabeza contra el metal, el mínimo castigo que se merecía por la estupidez cometida. Pero se quedó con la boca abierta: donde antes había una puerta ahora se veía un paisaje que se extendía a su alrededor en todas direcciones. El reflector lo atontaba mientras la Policía del Pensamiento se le acercaba para molerlo a palos.
-El paisaje –murmuró, mientras sentía los primeros bastonazos.
Habría sangre y dolor. Pero Evaristo no vería las botas que lo pisotearían. Susurraría la belleza del paisaje comprendiendo que solo era suyo. Pero nunca confesaría en qué parte de su apaleada cabeza estaba el mapa que llevaba a ese lugar.



(Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio)