jueves, 22 de noviembre de 2012

TEMA PENDIENTE



Caminó a lo largo del estrecho pasillo que lo conduciría hacia la playa de estacionamiento. Rutina. El vehículo estaría en el box 33 como siempre. Max lo saludaría desde lejos , como siempre. Y él emprendería la marcha rumbo a su casa para arribar a tiempo de ver su equipo de fútbol favorito. Pero esa tarde, se apagaron todas las luces del pasillo. Él tenía un tema pendiente con la oscuridad. Escuchó unos pasos.
El terror casi lo golpeó en la cara cuando la voz lo alcanzó.
-¿No dijiste que ibas a llamar, eh? –dijo El Cuco-. ¡Te estuve esperando todos estos años!
-Yo… Estuve ocupado.
-¿Ocupado?
-Eh… Podemos arreglar … una cena… después una asustada, ¿te parece?
-Más te vale. Pero yo te llamo –dijo El Cuco, marchándose, no sin antes reclamar su teléfono.
Las luces volvieron. Tendría que cambiar de trabajo. Le había dado un número falso.

(Ana Caliyuri & Alejandro Bentivoglio)

ESTRUCTURAS



¿Adónde llevan esas puertas que desconocen llaves y cerraduras? Cuál será el ruido de las habitaciones vacías, que no tienen salida, ni tienen principio ni tienen fin y donde sólo cuelga una bombilla que tambalea su luz?
¿Cómo se estará en las casas que se unen entre sí, en ciudades sin nombre, que el olvido y el smog van cubriendo de una historia tan falsa como cualquier otra?
¿Cuál será la historia que los pasos perdidos entre las baldosas y los pasillos, de las penas que añejaron con las paredes húmedas? ¿Adónde se arrumban las desdichas cuando no hay altillos ni terrazas que escurren?
Lo aterrador no es la infelicidad, sino las múltiples versiones de uno mismo conviviendo simultáneamente en estas estructuras. Ahora feliz, ahora amargado, un segundo después, o en el mismo instante, muerto. Preguntarse es inútil, no hay dudas o todas son posibles en este conventillo cuántico.

(Alejandro Bentivoglio & Guillermo Vidal)

ASCENSOR



El ascensor que va al infierno es inquietantemente lento. Varias veces hemos pedido que lo reparen, pero la administración nos mira con sorna y se ríen entre ellos. Luego nos dicen que lo harán, pero no lo hacen. Algunos sospechan que esta lentitud es parte de los castigos infernales, pero es imposible saber si estamos frente a planes del inframundo o a una administración que quiere ganar dinero con nuestras expensas sin hacer nada a cambio. Por eso le sugerimos tomar las escaleras. A pesar de que por esta ruta tardará una eternidad, evitará la aborrecible musiquilla y la incomodidad de tener que observar el contador para evitar el contacto visual con otros pasajeros hasta que se detengan. Esta opción suena fatigosa, pero después de un par de siglos ya ni sentirá las piernas. Hasta puede llegar a ser una experiencia que le cambie la vida. Ya verá.

(Alejandro Bentivoglio & Alejandro Domínguez)

TODAS LAS PRINCESAS



Va secuestrando princesas y las esconde en una torre. Tiene docenas, pero nunca está contento, nunca satisfecho. Las princesas se aburren porque él no está nunca, siempre buscando una nueva víctima. Solo les queda hablar con el dragón que las custodia. Con el tiempo saben que es un bicho simpático. Sus años lo han hecho amable y casi nunca hecha fuego. A los caballeros al rescate los calcina sin saña.
Pero ¡Oh sorpresa! Un día al volver de su cacería el secuestrador se encuentra con que una princesa está embarazada. Maldice al dragón que pone cara de yo no fui. Varias noches se queda allí de guardia. Una nueva princesa embarazada. La primera podía ser obra de algún espíritu lascivo pero ¿y esta nueva? Las separa a dos por torre. Él será el guardián. El dragón cuidará una torre. El secuestrador arrastrándose entra en la que cuida el dragón y éste confundiéndolo con un caballero lo calcina.

(Alejandro Bentivoglio & Ada Inés Lerner)

LA LUZ MALA



—Le digo que es la luz mala —dijo Zenón.
—Qué no —replicó don Zoilo.
Los dos paisanos miraban hacia el horizonte, iluminados apenas por la fogata que habían encendido para pasar la noche. A lo lejos, una cierta fosforescencia se dejaba ver.
—Es la luz de la luna, o huesos de animales —dijo Zoilo.
—Que no, es la luz mala, le digo.
—La pucha, si será porfiado —rezongó Zoilo, mientras sacaba de su bolsa el paquete de tabaco y con sus dedos mugrientos armaba un cigarrillo.
Zoilo permaneció un rato largo fumando pensativo. Cuando volvió a mirar a su compadre, el Zenón ya estaba dormido; —Gaucho marrullero —dijo, para sí—, menos mal que tenía miedo —. Acomodó el poncho y se tiró en el suelo, junto al otro hombre.
Por eso, cuando por fin los alcanzó, ninguno de los dos sintió la helada caricia de la Luz Mala.


 (Alejandro Bentivoglio & María del Pilar Jorge)

GIROS



La velocidad de la calesita es tal que pedazos de pasto y tierra vuelan por los aires. Algunos niños se mantienen aferrados a los caballitos con toda la fuerza que pueden. Los padres gritan, pero resulta imposible detenerla o subirse al rescate. Cada tanto algún niño de brazos flojos es expulsado a causa de la violencia de las vueltas y traza una trayectoria hacia unos colchones que han puesto los bomberos.
La calesita termina separándose del suelo. Rápidamente, gana altura. Los pasajeros se arrojan en cuanto pueden y unos cuantos son atajados ilesos. Otros se estampan contra el suelo. Hay dos que aún no pueden ser reconocidos y se está averiguando si alguno no alcanzó a tirarse.
Los niños que esperaban impacientes la próxima vuelta, la despiden balanceando una mano y pucherean cuando son arrastrados por sus padres y comprenden que, al menos por hoy, ya no habrá calesita.

 (Alejandro Bentivoglio & Fernando Andrés Puga)

LA NIÑA DEL ÁTICO



Hemos intentado de todo, pero nada ha funcionado. Las averiguaciones acerca de la casa no han dado mayor resultado. En ningún lugar se menciona algo sobre la muerte de una niña o algo similar. Sin embargo, todas las noches mi mujer y yo escuchamos a la niña del ático llorar. Cuando subimos no hay nadie.
Hace dos noches, sin embargo, encontramos un antiguo oso de peluche en el suelo.
Luciana lo levantó. Increíblemente, no estaba apelmazado ni cubierto de polvo o telarañas. Con la linterna en la mano (todavía no arreglamos la instalación eléctrica del ático), me adelanté unos pasos para ver si había algo más, pero no…Protestando, me di vuelta y Luciana ya no estaba. Supuse que habría vuelto al dormitorio, cerré la puerta y bajé. Ahora tampoco duermo, al llanto del ático se le suma la voz de mi mujer pidiéndome que la vaya a buscar.

(Alejandro Bentivoglio & Maru Alzugaray)

jueves, 1 de noviembre de 2012

GLAMOUR



El edificio se derrumbó en un abismo de polvo. Todos lo miramos como si agazapado en las sombras hubiese algo más que ese desplomarse en medio de la ciudad. Pero no pasó nada y el tráfico siguió igual y la policía no nos pidió que nos fuéramos porque ya nos habíamos ido diciéndonos que no había sido tan espectacular, tan inolvidable.
No falto mucho para que piso a piso, el edificio volviera a recomponerse, frustrado y de una pieza. Rojo ladrillo de vergüenza.

EL MISTERIOSO DOCTOR



Bebió el brebaje, esperando la metamorfosis. Pero los minutos transcurrieron sin que nada sucediese. Años de trabajo habían sido en vano, la nueva fórmula tampoco funcionaba y jugar a Dios seguía siendo inútil.
-¿Y bien? -preguntó Solange.
Él se encogió de hombros. Cuando giró hacia la puerta, Solange dejó escapar un grito: él ya no tenía espalda.

LOST IN THE WIND



Un hombre escuchaba el sonido del viento en la copa de un árbol. No se había dado cuenta de que mucho tiempo atrás, otro hombre había talado ese árbol por completo.

NEVERMIND



Estoy muerto pero nadie lo sabe. Adjudican mi silencio a una rigidez de carácter. En las reuniones más circunspectas, me miran de reojo. Nadie comenta el ligero olor de la descomposición.
Hablan del clima, miran por la ventana o alguien pide un café con edulcorante.

DEAD HORSE



Lloraba y mis lágrimas desaparecían mi rostro, dejándome una superficie blanca sobre la cual mi amada escribía una y otra vez que nunca estaríamos juntos, que el amor es conocer el nombre del caballo muerto al que estamos pateando.

EL VIDENTE




Lo presentía, el techo iba a caerse. No lo dije, porque temí ser tomado por uno de esos locos que andan por ahí anunciando calamidades, que buscan lo oscuro en todo, que ven siempre el vaso medio vacío, que no pueden tolerar la felicidad de los demás, que no soportan que el mundo realmente funcione.
Por eso, esperé a que se cayera por completo, que los aplastara a casi todos. Espere ese momento y cuando entre los cadáveres encontré a un sobreviviente, pude decirle ese: sí, yo lo sabía, sin sentir remordimiento.

COQUETERIAS



La esfinge piensa una y otra vez sus acertijos. No es que le importe demasiado comerse a los forasteros. Pero quedar en ridículo le quita el sueño.
Piensa que todos los secretos terminan por descubrirse, pero quizás, si no fuese tan inteligente, alguien terminaría por decirle que le falta maquillaje o cualquier otra cosa igual de humillante.