lunes, 31 de diciembre de 2012

AMADEUS


Lo había escuchado todo, las melodías más complejas, los sonidos más perfectos y los más aberrantes. Había cargado con todos ellos y ahora, sentado frente al piano, pensando en sí mismo, lo único que podía tocar era ese maldito réquiem, esa absurda marcha fúnebre que todo lo anunciaba.

2 comentarios:

Raúl Omar García dijo...

Y, esto quizá demuestre que es imposible escapar de sus propios monstruos, ¿no?

alejandro bentivoglio dijo...

bueno, está esa anécdota donde Mozart le dijo a su esposa que sentía que estaba escribiendo el réquiem para él mismo. de ahí me vino la idea, de hecho.