viernes, 26 de abril de 2013

MORFINA - EPINEFRINA


Desbordante naufragio de fauna interior. Concepto cercano a la inercia: ¿es que toda pregunta se derrumba por su propio peso? Pez dios que sonríe en mis sueños blancos (borrar la negación misma de toda conciencia) y eufórico lanzarse de olas en cierne, toda carne propia o ajena, autocanibalizarse con éxito. Sofocar lo espeso en lo suave, al tiempo que cesa lo ínfimo.
Soy una respuesta, me digo entonces, tal vez la equivocada. Pero es mejor esta sangre de palabras que la estúpida neutralidad del silencio. Otra vida que no puedo terminar de comprender, otro atasco de células mitocondriales, cerebralmente inocuas e improcesables. Conceptualmente derribo las barreras de una música que obnubila mis pupilas con su imprecisión y me dirijo hacia la puerta. Un montón de luz que me deja a oscuras y solo: -En esos instantes en que abro la nevera, observo dentro, sonrío ampliamente, me dejo tentar por la envoltura de la tableta de chocolate de la primera estantería, me encaramo a un taburete-. Aun así no logro descubrir qué pasa. Solo soy un trozo de chocolate derritiéndose, fuera de la nevera, dentro del congelador. Me sorprende la idea de una ciudad espejada, todas ventanas que me reflejan y que niegan posible interior. Edificios como torres perdiéndose en lo más azul del cielo. Cubiertos de vidrios que no translucen. La única nota humana son dos tipos que se balancean en un andamio, limpiando las ventanas. Por un momento me reconforta saber que hay algo allá arriba, algo que piensa, que se mueve por una voluntad inteligente, que puede expresar amor u odio o cualquier otra emoción.
Pero luego siento miedo. En todo el tiempo que los observé, ninguno de los dos tipos se rió de nada.
El tráfico es lento. Intento, sin éxito, encaramarme al taburete que me aleje de mis sueños infantiles en la ciudad fantasmagórica que es mi cabeza. Soy un pez-dios, lo reconozco, chutado con una buena dosis de epinefrina. Sigo buscando elefantes voladores en el cielo y nervios en las nubes y los tentáculos siniestros de un pulpo me desnudan hasta los huesos. Esta ciudad es tan extraña que los soles se turnan y no puedo dormir; los vientos se bifurcan, las ramas de los árboles, al pie de los edificios relucientes, se cierran como escobas traidoras sobre mi coche. Palpo algo en la parte de atrás del asiento. Es Bruno, con su abrigo azul y su remera. Bruno, que ha conseguido tirarse al agua en un salto al vacío.


(Original: Alejandro Bentivoglio - Reversión: Raquel Sequeiro)

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