viernes, 26 de abril de 2013

PERSEO


Estaba por servirse el postre cuando la mujer lo tomó por el brazo. Él la observó incapaz de reprocharle nada.
-¿No es suficiente? -dijo ella.
-No lo sé -dijo él, casi al borde del llanto-. Todavía tengo hambre.
Ella lo soltó y él dejó el plato sobre la mesa.
La cabeza de María Antonieta cayó sin hacer el menor ruido, sobre la canasta acolchada del verdugo.
Y yo encuentro migajas de pan en el pasillo de la oficina y las voy recogiendo una por una. Ellas me conducen a una pequeña casa de chocolate junto a la gerencia donde vive una bruja de aspecto regordete y una notoria verruga en su nariz.
Me invita a pasar y veo que los gerentes, con ropas de niños, han sido colocados en bandejas de plata y que cada uno de ellos lleva una manzana en la boca. La bruja me dice que el horno está a punto. Le pregunto dónde están las servilletas. Me limpio los dedos, a punto estoy de besar la cabeza tullida.
-Querida, ¿dónde está la salsa?
Está por toda la sala, impregnado las paredes, se escurre del techo, hace leña del árbol caído. Por la comisura de mis labios chorrea una lágrima. Enarbolo la cabeza. Todos los allí presentes se ríen. No sé qué hacer, reconozco que me han cogido por sorpresa.

(original: Alejandro Bentivoglio / reversión Raquel Sequeiro).

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