miércoles, 25 de septiembre de 2013

CINE DE AUTOR

La película empezó a proyectarse, pero la pantalla permaneció completamente en blanco. La gente no sabía qué hacer. Quizás fuera un raro experimento fílmico o un error. Era imposible saberlo, porque aquel director nos tenía acostumbrados a las cosas más extravagantes. Nadie quería moverse, porque la entrada había sido carísima y probablemente nadie tuviese nada mejor que hacer aquel día. Al cabo de seiscientos noventa minutos de proyección, lapso durante el cual no se oyó ni el zumbido de una mosca, apareció la palabra FIN en tres colores: verde, azul y rojo. Tras un breve instante de vacilación, todos los espectadores empezamos a aplaudir, y luego a gritar como locos. Jamás habíamos visto algo tan genial. Más tarde, ya en el loquero, el director vino a visitarnos y nos arrojó maníes desde lejos. Esta vez no aplaudimos porque el miserable no los había pelado.


(Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman)

SON LEYENDA

Las carreras de tortugas son un deporte popular en nuestro pueblo. Nos permite quedarnos hablando durante horas mientras apostamos por nuestro bicharraco favorito. Todas llevan un número pintado en el caparazón y las carreras se desarrollan en varios sitios. Se dice que existe una carrera en particular que aún no ha terminado. Que lleva años y que los apostadores van cada tanto a verificar el avance de las tortugas. Algunos de ellos incluso esperando el final de la competencia han muerto de aburrimiento o se han quedado dormidos para no despertar. Las apuestas libres de los apostadores fallecidos, como se sabe, se suman al que tiene menos probabilidades de perder porque como es tradición entre nosotros gana la tortuga que llega última. La razón por la que es tan larga justamente es porque nadie quiere llegar primero.

(Alejandro Bentivoglio & Guillermo Vidal)

ATRÁS EL SONIDO

Los González fueron los primeros en comprar la carreta supersónica. Lo hicieron más por ostentación que por otra cosa. El mantenimiento era atroz. Apenas se iniciaba el viaje, había que agarrar entre varios las maderas del vehículo para que entre tanto flamear no se despegaran y mataran a algún paisano desprevenido. Como un bólido cruzaba la pampa, pero frenar podía desvertebrar a más de uno. Varios canes seguidores de carros fueron internados en un siquiátrico por depresión al no poder cumplir su misión y los vacunos (las vacas en especial) sufrían stress, no daban leche y se negaban a cumplir con los toros porque les dolía la cabeza. Las gallinas que se encontraban cerca de la ruta quedaban sin plumas. La protesta de los pajarillos fue un tímido piar y nadie le prestó atención.
Ante el contento general los González compraron una carreta ecológica que cuida el ruido ambiental.

(Alejandro Bentivoglio & Ada Inés Lerner)

ESCRITURA AUTOMÁTICA

No tenía la menor idea de adónde se dirigía. Tal vez había emprendido ese camino amparado en alguna conjetura inconsciente o ansioso por salir del castillo en el que permaneciera recluido durante los últimos treinta años. De un modo u otro, no tardó en advertir que el paisaje se hacía cada vez más lúgubre y enmarañado y que la idea primitiva, manejarse a puro impulso, era un error, tal vez un error fatal. Pero allí estaba otra vez estaba K. ese maldito agrimensor que todos los días llamaba para entrar al castillo y que lo volvía loco.
Tuvo que volver, regresar al proceso de escribir su diario, sus sueños de escapar. Quizás a América donde podría unirse a una mentada compañía de teatro, reflejo del mundo, donde viviría como otro hombre, quizás agrimensor, tal vez él mismo, pero sabiéndose otro.



(Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio)

LES SIGO PEGANDO ABAJO

Se disfrazan de mí y cometen actos atroces. Le he avisado a la policía, pero los uniformados dicen que el parecido es tan grande que dudan acerca de la veracidad de mis dichos. Yo me siento ofendido, ¿cómo pueden creer que soy capaz de andar haciendo esas cosas horribles (pero sumamente placenteras) de las que soy acusado día tras día? Parecen galimatías y mis denuncias no hacen más que levantar sospechas de la autoridad. He recurrido a las más firmes reprimendas pero ellos se niegan a volver a sus nichos en busca de sosiego, tranquilidad, orden. Importantes valores dicen ellos aunque muy aburridos.
Comprender esta sensación de las ánimas que yo mismo experimento (en menor grado porque soy un ser vivo) en cuanto al efecto que me provoca el fuego, crujiendo y reflejándose en mis ojos, tanto de día como de noche, aunque a algunos les sigo pegando abajo.

(Alejandro Bentivoglio & Ada Inés Lerner)

LA ÚLTIMA ESTACIÓN

El tren pasa todos los días a la misma hora, pero nunca se detiene. Se puede ver, si se pone atención, a un montón de pasajeros gritando. Desde la ventana donde suelo parapetarme para observar, es difícil saber si son siempre los mismos o si se trata de víctimas que van rotando. Los mapas no indican dónde empieza o termina el tren y no sé realmente dónde hay más estaciones.
Pero nada se pierde con preguntar y se dirigió al guarda.
—El tren que pasa todos los días, hay gente gritando por las ventanas.
—Se lo digo en confianza, es un tren psiquiátrico, se usa a falta de un edifico. Va y vuelve por un recorrido en desuso y se detiene en un taller para reponer alimentos y medicinas. Pero me preocupa que usted este todos los días en la estación. Cuídese, no vaya a ganarse un pasaje, Penélope.


(Alejandro Bentivoglio & Guillermo Vidal)

MOVER EL BOTE

Estamos quietos. Nadie se mueve. Sospechamos que el piso se puede rajar de un momento a otro que y que caeremos sin remedio vaya uno a saber donde. Esta sospecha no tiene ningún fundamento, pero no por eso es menos cierta. Nos miramos entre nosotros sin que nadie parezca animarse ni siquiera a hablar. Por las caras, tememos un grito o un desmayo. Pero, nadie grita ni se desvanece. Querría que asi fuese, lo preferiría verdaderamente. Pero nada. Ni yo ni nadie lo hace. Todos intentamos asirnos a la quietud, como si la quietud fuese un hilo salvador cuando en realidad es un abismo. Tarde lo comprendimos. Así es como ahora, desde este paraje, contemplo tres cuerpos sin vida, incluido el mío, hechos de saladas aguas, arena y miedos no vencidos.

(Alejandro Bentivoglio & Ana Caliyuri)

LA META

El árbitro se equivocó y en la largada le apuntó a uno de los competidores. Disparó y todos salieron corriendo. Pensando que los estimulaba, siguió tirando. Lamentablemente nadie respetaba la pista y la meta parecía lejana. La policía intervino confundiéndolo todo porque también se sumó a la balacera y ya todo el mundo corría sin que se pudiese saber quién estaba ganando y quién no.
—Muy sencillo —dijo el juez cuando fue consultado de urgencia ante la emergencia desatada y el peligro inminente de un escándalo internacional—, que el árbitro y quien quiera sumarse practiquen tiro al blanco con los competidores, no es tan fácil acertar a un blanco en movimiento que corre en medio de una multitud. Que gane el que queda vivo.
—Es una locura.
—Como si esto no lo fuera. Además el tiro al blanco es también deporte olímpico. Matamos dos pájaros de un tiro.

(Alejandro Betivoglio & Guillermo Vidal)

LA MALVADA VIRTUAL

Se había vuelto común la costumbre de participar del propio funeral con un doble virtual. Gershwina Holtafdts había sido rica, poderosa y odiada. No iba a perderse un segundo de disfrutar cuando se acercaban al féretro sus deudos.  
Por ley el doble podía cambiar el testamento, despedir gerentes, llevar a la ruina la empresa, hundir vidas por una sola palabra fuera de lugar, como si estuviera viva.
 -Querida, hay algo que necesito que hagas -le dijo a su nuera. La mujer la miró con cautela-. Quiero que ajustés el resorte en la espalda de mi cadáver.
-¿Qué?
-Mi cadáver no salta lo suficiente cuando fingen llorarme. Quiero que se aterroricen. Si no gritan, están todos despedidos. ¿Entendido?
-Sí, señora –dijo la nuera-. ¿Quiere que le ponga más ácido a la flor del vestido?
-Sí, sí, que salpique más –respondió la doble, midiendo unos cuchillos que preparaba para más tarde.

(Guillermo Vidal & Alejandro Bentivoglio)

LLEGA LA NOCHE

-Nos perdimos –dice Dorothy.
-Y hace frío –dice el León.
-Podríamos hacer una fogata –dice el Hombre de Hojalata.
El Espantapájaros siente que todas las miradas se concentran en su cuerpo de paja. No lo miran como amigos, ni por casualidad. Empieza a retroceder. El camino de baldosas amarillas parece cada vez más pequeño y no hay adónde correr, adónde esconderse…
Las baldosas ahora son pasto. Y los nervios, pánico.
—Hey, ¿adónde vas? —pregunta el León enajenado.
Y el Espantapájaros retrocede más rápido.
Y los otros avanzan hacia él.
En su huída, el Espantapájaros ve de reojo una laguna cercana.
Ya lo tienen acorralado.
Lo atraparán.
La laguna está cada vez más cerca: el Espantapájaros piensa que la paja mojada jamás se encendería. Entonces da media vuelta y corre hasta zambullirse, creyendo que así salvará su vida. Pero desgraciadamente, el frío del agua lo traicionará.

(Alejandro Bentivoglio & Marcos Zocaro)